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Narra como un hombre

Me bajo del carro de la historia para ver cómo la hemos narrado los hombres y me preparo para narrar sin excluir, un trabajo que va a ser difícil, pero necesario para toda la humanidad.

 

Más allá de lo anecdótico del día del hombre, me gustaría ver el verdadero papel del hombre y en general del género masculino como narrador de la historia y de nuestro imaginario como especie. A simple vista, parece que todo marcha bien, la interpretación de la historia nos muestra cómo hemos evolucionado por todo el planeta, cómo hemos ganado espacios y desarrollado tecnologías, cómo hemos cambiado las cosas a nuestro alrededor.

 

Incluso, parece que todas estas cosas las hubiéramos logrado solos, por nuestra cuenta.

Ahí, es donde prefiero bajarme del carro de la historia para mirarla con un espíritu más crítico y ver cómo hemos dejado por fuera a la mujer en la narración, en el diálogo de los tiempos. Dejamos a la mitad de nuestra especie sin voz.

 

Apenas en el siglo XVI y XVII aparecen con nombre propio las mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz, es un buen ejemplo de las pioneras, algo tímidas, luego de siglos de silencio, si contamos poetisas como Safo, que vivieron en el cenit de la cultura griega.

El segundo, es la eliminación sistemática de la mujer en la narrativa o de su papel fundamental en la innovación de sus modelos. Por ejemplo, ¿Sabe algo de Murasaki Shikibu? Esta dama noble japonesa produjo la primera novela en el mundo, “Genji Monogatari” (La novela de Genji). Lo peor es que casi ni se reconoce en occidente.

 

Y esto nos conduce al tercer elemento clave. Como hombres, perdimos gran parte de nuestra historia al excluir. por milenios vivimos en un mundo guerreado, liderado y narrado por hombres.

 

Hace dos siglos, Mary Shelley, autora de “Frankenstein, el moderno Prometeo”, nos pone en perspectiva sobre lo que sucedería en el presente: Sabemos que podemos hacer cosas maravillosas, pero también que nuestras creaciones pueden ser aterradoras si no están mediadas por la ética.

 

Shelley escribe, con un estilo que la consagra como una de las mujeres más influyentes en la historia de la humanidad, sobre un genio que crea un ser a partir de restos humanos y le da vida. En el mismo momento histórico en el que el hombre se descubre no como un favorito, un elegido, sino como otra criatura más, gracias a las investigaciones sobre la evolución de las especies de Charles Darwin y a la consolidación de un pensamiento basado en el método científico que obliga a salir de la cunita de los niños mimados de la creación y nos pone, justo al lado de los chimpancés y los gorilas.

 

Ahora, reconocemos nuestro papel como predadores por excelencia y suscitadores del fin de una era, gracias al calentamiento global. Esto nos pone en otro dilema sobre qué debemos hacer para cambiar todo esto.

 

Una de las primeras cosas es incluir a los demás protagonistas en nuestras narraciones. Ya sabemos que el trabajo del hombre no es solo el trabajo del género masculino.

En menos de cincuenta años, tendremos algunas consideraciones éticas sobre el trabajo de las máquinas y cómo reconocerlo como parte de nuestra civilización. La soberbia masculina puede enfrentarnos a nuestras creaciones inteligentes: a computadores, robots y a otras máquinas, que querrán sus créditos en las obras de ingeniería, de ciencia, de investigación y desarrollo, e incluso en las artísticas.

 

Esto, lo trata Isaac Asimov de manera sutil en el famoso “Hombre del Bicentenario”, una novela que escribió para celebrar los doscientos años de la independencia de Estados Unidos y que acudía a un robot que quiere y lucha con determinación por su derecho a tener derechos, como los demás hombres.

Tal vez, de eso se trata la hombría, de reconocer los derechos de los demás, sin excepción.

También debemos bajarle el tono. Acá el reto es inmenso. ¿Podrían decirme cómo bajar el tono de personajes como Putin o Trump? El tono desafiante suda odio, pero entraña miedo y se basa en conceptos como “me torno agresivo para evitar el diálogo”. “Elimino con un grito otros argumentos”. “Sentencio, juzgo, descalifico”.

 

Desde el lado de la comunicación, vemos que utilizar los sentimientos más viscerales de la humanidad conlleva a la guerra. Noam Chomsky, en su última obra, “Requiem por el sueño americano”, expone este dilema.

 

En una reciente entrevista para El País de España, Chomsky responde a la pregunta del periodista Jan Martínez Ahrens, sobre el surgimiento de las noticias falsas (bulos en España o Fake News, en inglés) con un argumento que, como comunicadores, resulta obligatorio analizar: “La desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos. Si no confías en nadie, por qué tienes que confiar en los hechos. Si nadie hace nada por mí, por qué he de creer en nadie”.

 

Esto debemos ponerlo en perspectiva. Los hombres del siglo XXI necesitamos recuperar la credibilidad, la capacidad de comunicarnos abiertamente, de creer y ser creídos. Esto nos obliga a argumentar, a respaldar nuestros contenidos con fuentes de valor y con conceptos innovadores.

 

Las cadenas desinformadoras de Whatsapp, los memes descalificantes de Facebook, los tweets de trolls ansiosos de pelea, deben enfrentarse con argumentos, porque cualquier cosa que provenga de ellos no es suficiente para representar la civilización que orgullosamente cargamos a nuestras espaldas.

Por el contrario, son la razón que tenemos para demostrar que entendemos estos argumentos y que los superamos con información, conocimiento y contenidos de calidad porque estos permiten desarrollar el plan que tenemos como hombres, y este es simplemente el de ser cada día mejores humanos.

 

Así, narrar como hombres, nos obliga pedir un oportuno perdón a las mujeres y un compromiso para demostrarles que hemos cambiado con el tiempo, que reconocemos, valoramos y honramos su existencia y su capacidad. Que ser mujeres nos hace hombres y al diferenciarnos nos incluimos.

 

John Rodríguez

Director de estrategia e innovación